Zazen y la vida cotidiana: no hay dualidad
- 24 may
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Cuando zazen es exactamente un acto de despojamiento y nuestra práctica es una entrega, una ofrenda, entonces podemos decir que la postura de zazen engloba todas las posturas y comprender de manera natural que zazen y la vida cotidiana no son cosas separadas.
La propia manera de plantear el tema como una confrontación, como una dualidad, es una ilusión de nuestra mente.
Si es el ego quien se pone el kimono, si son nuestras inercias las que dirigen nuestra práctica, entonces la postura de zazen no puede abarcar nada, nada de nuestra vida cotidiana ni de cualquier otro aspecto de nuestra existencia. La botella está llena, la mano permanece cerrada sobre un puñado de arena.
Debemos abrir la mano para que la arena de la playa pueda deslizarse entre los dedos; vaciar la botella para que pueda volver a llenarse.

Hay un poema de Daishi titulado “Escrito por azar en la montaña”:
El hombre de la ermita sale al exterior. Las condiciones de la tranquilidad deben observarse en un lugar ruidoso. La verdadera persona que busca la Vía no permanece siempre más allá de las nubes. Si somos mushin, cualquier lugar es una montaña.
Mushin es el espíritu vacío. Cuando todas las capas del ego y del apego caen, mushin se manifiesta. Entonces podemos decir que la postura de zazen engloba cualquier postura.
¿Con qué espíritu practicamos?
¿Con qué espíritu nos arrepentimos?
¿Con qué espíritu vivimos?
A veces es el propio ego el que nos conduce hacia el Dharma, incluso a partir de sus ilusiones. Podemos pensar, por ejemplo, que hacemos zazen porque nos ayudará a encontrar trabajo, a mejorar la salud o a alcanzar una experiencia extraordinaria de despertar.
Pero tarde o temprano debemos dejar espacio a mushin, al espíritu vacío. Debemos permitir que todo caiga.
Zazen es un acto de completo despojamiento.
Entonces, simplemente sentarse lo engloba todo: el universo entero aquí y ahora, en la punta de nuestra nariz.
Observemos los juegos de nuestra mente, observemos los movimientos de nuestras inercias, pero entreguémonos completamente a la postura, entreguémonos completamente a Buda.
Desde ahí, cualquier lugar es el lugar de la Vía. Cualquier situación puede ser la manifestación de la tranquilidad en medio del ruido, y podemos observar el ruido desde la tranquilidad.
Mushin, el espíritu vacío, es el espíritu que no se aferra, que no juega, que no se distrae.
Mushin lo abarca todo.
Si nuestro cuerpo-mente no reposa sobre nada, aparece el cuerpo-mente de Buda: mushin, el espíritu vacío, el cuerpo vacío, la mente vacía, la conciencia vacía.
En el silencio de zazen encontramos la dimensión más alta de nuestro ser; encontramos la inmensidad del ser. Eso es lo que llamamos Buda.
Simplemente sentarse no es simplemente sentarse y, sin embargo, es simplemente sentarse.
El ShuShoGi dice:
“Nuestra expresión de gratitud se encuentra en nuestra práctica cotidiana de la Vía de Buda. Nuestra práctica se convierte en una ofrenda, en parte de nosotros mismos. Practicamos sin olvidar la vida de cada día y sin estar absorbidos por nosotros mismos.”
Cuando decimos que zazen nos vuelve íntimos con nosotros mismos, cuando hablamos de nuestro verdadero ser, de la naturaleza de Buda que todos somos, estamos hablando de la naturaleza real del ser humano, de su naturaleza sagrada o, si se prefiere, divina.
Practicar sin olvidar la vida cotidiana significa actualizar nuestra vida en cada momento, actualizar la naturaleza de Buda, el instante del despertar. Es una práctica que no tiene final, una actitud que no tiene límites y una gratitud que no tiene etapas.
(Suena un teléfono móvil.)
Cortad las inercias, abandonad el ego. Al final también hay que decir cosas concretas: apagad los teléfonos móviles y prestad atención cuando vengáis al dojo.
Ayer dije que intentáramos hablar poco y, si era necesario, hacerlo en voz baja. Esta mañana, excitados por los sueños de la noche y por las inercias habituales, todos hablaban antes de entrar en el dojo.
Hablamos de Buda, hablamos de mushin, pero todo eso debe traducirse en nuestra vida cotidiana, en nuestros pequeños gestos. Es ahí donde se realiza la Vía de Buda.
Volved a la atención.
Volved a mushin.
No pongamos nada en medio.
Cuando Bodhidharma llegó a China y tuvo el célebre encuentro con el emperador, este le preguntó acerca del budismo.
Bodhidharma respondió algo tan simple como:
“Haz el bien, evita que aparezca el mal y calma tu corazón.”
El emperador, que tenía grandes expectativas sobre aquel monje venido de tan lejos, quedó algo decepcionado.
—¿Eso es todo? Te estoy preguntando por el secreto del budismo.
Bodhidharma respondió que no había ningún secreto.
Después desapareció, se retiró a la montaña y la tradición cuenta que permaneció nueve años frente a una pared practicando zazen.
—¿Eso es todo? —pregunta el emperador—. ¿Simplemente sentarse? ¿Simplemente hacer el bien?
Los seres humanos creamos grandes expectativas, grandes ideas, también acerca del budismo y del zen. Y cuando la respuesta no coincide con ellas, no queremos aceptarla.
Pero zazen consiste precisamente en despojarse de las expectativas y de las ideas preconcebidas para abrirse a la realidad inconmensurable de la vida.
Cuando Dogen regresó de China ocurrió algo parecido. La gente le preguntaba:
—¿Qué traes de China? ¿Cuál es el secreto del budismo allí?
Dogen respondió:
“Los ojos horizontales, la nariz vertical.”
Ayer apareció la palabra “conectar”. Es una palabra moderna y comprensible.
Kodo Sawaki decía que zazen era conectarse al universo.
Pero esa conexión es algo que se actualiza a cada instante. No es como conectar una manguera, abrir un grifo y que salga agua.
La gota de agua siempre ha estado en el océano.
Siempre ha estado conectada.
Conectar con el universo, con nuestra verdadera naturaleza original, es una práctica que se actualiza a cada momento: aquí y ahora, en el dojo, en una sesshin, en el trabajo y en las pequeñas cosas de la vida.
—¿Eso es todo? —pregunta la gente.
Simplemente sentarse.
Simplemente hacer gassho.
Simplemente saludar.
Debemos comprender que ese “simplemente” lo engloba todo, lo abraza todo.
Si nuestro espíritu es mushin, sin atributos ni apegos, la montaña silenciosa aparece en cualquier lugar.
El espíritu de Buda lo abraza e ilumina todo.
La dimensión más alta de nuestra existencia es solo una manera de hablar. En realidad, es nuestra verdadera dimensión. Siempre ha estado ahí y, como seres humanos, debemos hacerla real, permitir que se manifieste, que la flor se abra a cada instante.
—¿Eso es todo? —pregunta el emperador.
En nuestra práctica de zazen está todo.
En nuestro camino está todo.
Cuando hacemos sampai, cuando nos prosternamos, cuando practicamos zazen, debemos tener plena conciencia de nuestros actos y de nuestras palabras.
Es un camino infinito.
Aquí y ahora está todo.
Eso es todo.
Pere Taiho Secorún
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