Enseñanza oral durante zazen en el templo de La Gendronnière. Del 2 al 8 de junio de 2025
- 24 may
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“Vivir en un monasterio diez o quince años, observar las heladas, las floraciones, observar las estaciones, ir y venir. Seguir la Vía toda la vida sin hablar; nadie dirá jamás que sois mudos.”
Es un pequeño texto del maestro Joshu.
Estas palabras reflejan el sentido profundo de nuestra práctica durante estos días en La Gendronnière. La práctica que continúa, que se realiza aquí y ahora a cada instante.
Es nuestra vida la que florece de nuevo.
“Vivir en un monasterio diez o quince años, observar las heladas, las floraciones, observar las estaciones, ir y venir. Seguir la Vía toda la vida sin hablar; nadie dirá jamás que sois mudos.”
La determinación de seguir la Vía, de ser seres completos, de realizar nuestra dignidad más elevada como seres humanos, podemos realizarla hoy, aquí, construyendo un monasterio en lo más profundo de nosotros mismos.
Eso es lo que significa Gyoji, la práctica que continúa.
Un paso detrás de otro.
Un día detrás de otro.
Observad las heladas y las floraciones.
Observad las estaciones.
Ir y venir.
Seguir la Vía toda la vida.
Sin hablar.
Nadie dirá jamás que sois mudos por permanecer sentados en zazen.
Un monje preguntó un día al maestro Ummon:
—¿Qué ocurre cuando las hojas caen y el árbol queda desnudo?
El maestro Ummon respondió:
“El cuerpo manifiesta el viento precioso.”
Es una hermosa imagen de la práctica de zazen, de la práctica de la sesshin.
Cuando dejamos caer todas nuestras identificaciones, nuestras opiniones y nuestras emociones; cuando dejamos de perseguir o rechazar, entonces:
“Cuando las hojas caen y el árbol queda desnudo, el cuerpo manifiesta el viento precioso.”
Nuestra práctica de zazen consiste, básicamente, en dejar de impedir que el viento se manifieste.
La práctica de zazen, la práctica de la sesshin, consiste en abandonar cuerpo y espíritu instante tras instante y volvernos ligeros como ese viento precioso.
Cuando las hojas caen y el árbol queda desnudo, nuestro verdadero espíritu se manifiesta.
El aire fresco y precioso lo penetra todo.
Tradicionalmente, al dojo zen se le llamaba “el bosque de los árboles secos”, porque cuando las hojas caen y el árbol queda desnudo, el cuerpo manifiesta su forma ancestral.
¿Qué ocurre cuando las hojas caen y el árbol queda desnudo?
Ummon responde:
“El cuerpo manifiesta el viento precioso.”
Sin duda es más fácil que las hojas caigan cuando llega el otoño que dejar caer nuestros apegos y obsesiones.
Más fácil que abandonar nuestra avidez.
O nuestros miedos profundos e irracionales.
O las múltiples manifestaciones de nuestro karma y de nuestros actos.
Pero la práctica de la Vía, nuestra práctica de zazen, nos enseña a cortar ese karma de manera inmediata.
A morir en este mismo instante.
Y a nacer en este mismo instante.
Así, cuando las hojas caen y el árbol queda desnudo, el cuerpo manifiesta el viento precioso.
A través de la práctica de zazen, natural, inconsciente y automáticamente, podemos observar nuestros apegos e ilusiones y dejarlos caer.
Dejar que las hojas caigan y que el árbol quede desnudo es morir y nacer en este mismo instante.
Ese viento precioso que se manifiesta siempre ha estado ahí.
Es la parte luminosa y profunda de nuestro propio ser.
Tradicionalmente lo llamamos naturaleza de Buda.
La vida humana necesita actualizar esa naturaleza y desplegarla.
Dejar que se manifieste.
Zazen consiste en dejar de poner barreras al viento.
Dejar caer.
¿Qué ocurre cuando las hojas caen y el árbol queda desnudo?
Le pregunta el monje a Ummon.
El cuerpo manifiesta el viento precioso.
Con otras palabras, Dogen dice:
“Los practicantes deben abandonar cuerpo y espíritu en el tesoro de la luz. Liberad y pacificad el cuerpo entero en la luz de Buda. Sentados, acostados, caminando o de pie, permaneced en esa luz.”
A menudo menciono que debemos volver a zazen en todas nuestras acciones cotidianas.
Evidentemente no significa que debamos sentarnos cuando debemos correr, ni guardar silencio cuando debemos hablar.
Significa volver continuamente a la observación y concentración profundas sobre nuestro cuerpo y nuestra mente, con una actitud de indagación y desapego.
Volver a zazen.
Abandonar cuerpo y espíritu en el tesoro de la luz.
No perder de vista la dirección que nos conduce hacia el interior de nosotros mismos, especialmente cuando actuamos hacia el exterior.
Porque, como dice Dogen:
“Si permanecéis incapaces de escrutar la verdad con vuestros propios ojos, aunque os rapéis la cabeza y vistáis la túnica negra, no seréis más que lamentables criaturas humanas.”
Abandonar cuerpo y espíritu en el tesoro de la luz, pacificar el cuerpo entero en la luz de Buda, en cualquier circunstancia y en cualquier postura, es dejar que las hojas caigan y que el árbol quede desnudo.
Solo entonces el cuerpo manifiesta el viento precioso de la naturaleza original.
Shin Jin Datsu Raku.
Abandonar cuerpo y espíritu en un instante.
En la sesshin, en la vida del templo, las palabras se convierten en acción.
Podemos hacerlas reales a cada instante.
Podemos conocer qué es el desapego con cada célula de nuestro cuerpo.
Volver a zazen es volver a ese instante en el que todo puede nacer de nuevo.
Escrutar la verdad con nuestros propios ojos, como dice Dogen, es volvernos íntimos, profundamente íntimos, con nuestro propio ser.
Aunque no podamos comprenderlo con la mente, el cielo y la tierra se unen a través de nuestro cuerpo.
Entonces nuestro cuerpo manifiesta el viento precioso.
Quiero traer, en este aniversario de la muerte de Étienne Mokusho Zeisler, unas palabras suyas.
Son unas notas sencillas, sin pretensión.
No son un kusen.
Hace unos meses una amiga suya y mía me las hizo llegar.
“En la familia del zen, los colores de la primavera alcanzan su apogeo. En el camino único, frecuentado por el musgo, los visitantes son escasos. Solo el canto del cuco habla de detalles sin importancia. En la noche profunda, mi verdadero ser se funde con la montaña vacía. El despertar supremo no puede expresarse con palabras, pero todos los discípulos necesitan escuchar su voz. Sentarse frente al muro y corregir la postura. Siempre disponible, siempre sobrio, siempre ordinario. Así es el delicado perfume de la Vía del zen. Así es. Buda no enseña más que cosas sin importancia.”
Delicado y sutil.
Como el aroma de los tilos frente al dojo.
Como el silencio de los monjes en zazen.
Como el murmullo del viento precioso que aparece en cada rincón.
Todos los discípulos necesitan escuchar esa voz, aunque el despertar supremo no pueda expresarse mediante palabras.
La música del canto del despertar silencioso lo penetra todo.
Lo envuelve todo.
Mokusho: la iluminación silenciosa.
Y aunque no abráis la boca,
nadie dirá jamás que sois mudos. .
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