Una brasa de rubí con cenizas
- 24 may
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Artículo de Pere Secorún publicado en 1996 en la Revista Zen
Atraviesa los caminos como una sombra y, sin embargo, tiene luz propia. A veces alguien recuerda su paso; otras veces nadie lo ve.
Sobre el suelo no deja huella y, no obstante, el rumor de cada paso se esparce por lo más profundo del universo.
El aire fresco de las mañanas limpia sus trazos y la luz que se filtra entre las nubes presta color a su silueta.
A veces se confunde con el viento; otras, con las ramas que este mece; a veces, con los gritos de los niños. También con el rumor de los coches que arañan fugazmente la carretera gris.
El agua corre por el arroyo y el atardecer se vuelve negro cuando alcanza la noche cerrada. La ciudad enciende sus luces de neón. Olvidado de sí mismo, se mueve por el laberinto como un pez.
No tiene una meta fija, pero una diminuta estrella en el fondo de su corazón le susurra silencios que guían su camino.
Y la flor se abre sobre la roca,
y el arcoíris mama de la fuente sombría,
y sobre el tronco seco las gotas de rocío
reflejan la bóveda celeste.
Y se siente como la abuela que lleva un odre de agua por un sendero que se bifurca en mil cruces, satisfecha de ser una peregrina sobre el mar de los sufrimientos.
No hay provecho en este camino.
Por eso es infinito.
Cada mañana, cuando despunta el alba, vuelve a mirar en lo más profundo de sí mismo y se pregunta de nuevo:
“¿Soy capaz de volver a extender los brazos?”
Sentado en su morada, lentamente se expande como un árbol de frondosas ramas. Cuanto más se hunden las raíces en la tierra, más largos son los tentáculos que se elevan hacia el cielo.
Cada día baja hasta el arroyo y repite el rito de llenar el odre con agua fresca. Los mismos gestos, los mismos pasos, son completamente nuevos.
Recuerda que alguien le dijo:
“Mantente alerta, deja que crezca en ti el espíritu de la abuela…”
Ese espíritu es vivo y fresco, magnánimo con todo lo que respira y con todo lo que no respira.
Y hay días en que lo encuentra bajo el polvo de sus manos, como una brasa de rubí coronada de cenizas.
A punto de desaparecer, sabe cuán fácil es perderlo.
Sin arrogancia, sin orgullo, sin meta, casi sin voluntad, saluda al nuevo día con gratitud y alegría.
A partir de esa práctica santa despliega —¡oh, sí!— entre el apego y el sufrimiento, entre el error y los desaciertos, el manto compasivo, cálido e infinito de Buda.
Y no necesita que nadie le escuche ni le vea.
La luna ilumina la noche sin rubor.
Las siluetas de las montañas se dibujan entre las sombras.
Alguna chicharra masculla indecencias.
Y las ovejas ponen sonido de campanas a sus balidos.
A lo lejos, Venus permanece encendida.
Él es casi feliz.
Sin embargo, en algún lugar alguien sufre.
No guarda nada para sí.
Abre sus manos y cada una de sus células es una ventana que inspira y transpira el universo entero.
Su sonrisa interior se esparce como una lluvia y el cielo y la tierra se unen a través de su cuerpo.
Pero también aquí habita el dolor.
Jura y rejura que no descansará hasta que todos los seres se salven.
Sabe que el dolor de los demás es su propio dolor y que no existe un nirvana solitario; que la distancia entre él y los otros es apenas una apariencia.
Permanece, pues, en este mundo, aquí y ahora, en este tiempo que le ha sido dado, practicando aquello que nadie pudo explicarle con palabras, pero que es capaz de construir día tras día, paso a paso.
Una ermita tranquila y apacible en la profundidad de la montaña.
Esa ermita que habita en nuestro propio corazón y que puede levantarse en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia.
Incluso en el infierno, por no ir más lejos.
Y jura y rejura ser barquero eternamente para ayudar a todos los seres a cruzar a la otra orilla.
Y remar.
Y remar.
Y seguir remando alegremente, sin esfuerzo.
Pere SecorúnRevista Zen, 1996
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