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La transmisión del Dharma

  • 24 may
  • 5 min de lectura

Enseñanza durante la jornada de zazen en memoria de Étienne Mokusho Zeisler, por Pere Taiho Secorún 


Tozan, que vivió alrededor del año 800, es considerado en la historia del budismo zen como el fundador de la escuela Soto. La principal característica de Tozan fue su independencia de espíritu frente al dogma religioso y los estereotipos.

Entró siendo niño en un monasterio y su maestro le enseñó a recitar el Hannya Shingyo. Cuando llegó al pasaje que dice:

“…ni ojo, ni oído, ni nariz, ni lengua, ni cuerpo, ni espíritu”.

Se tocó la cara y preguntó a su maestro:

—Tengo ojos, oídos, nariz, lengua, cuerpo y espíritu. ¿Cómo pretende el sutra que todo eso no exista?

El maestro, sorprendido por la pregunta, respondió:

—Yo no soy la persona que necesitas.

Y así fue como Tozan, algo habitual en aquella época, después de recibir la ordenación como monje, partió a recorrer distintos templos de China en busca de un maestro con quien pudiera caminar.

El primero que encontró fue Nansen, discípulo de Baso. Llegó precisamente el día de la ceremonia conmemorativa de la muerte de Baso, y Nansen preguntó a los monjes:

—Mañana haremos ofrendas a Baso. ¿Creéis que vendrá?

La asamblea quedó en silencio. Solo Tozan respondió:

—Vendrá tan pronto como haya encontrado a un compañero.

Impresionado por la respuesta, Nansen dijo:

—Este hombre es joven, pero es un gran material para esculpir.

Tozan respondió:

—Que el gran maestro no confunda a un hombre libre con un esclavo.

Continuó entonces su peregrinación hasta encontrar al maestro con quien permanecería durante muchos años: Ungan.

Nosotros hoy conmemoramos y ofrecemos ceremonias en memoria de Étienne Mokusho Zeisler.

¿Creéis que vendrá?

“Vendrá tan pronto como haya encontrado un compañero o una compañera”.

La respuesta de Tozan dirige nuestra atención hacia un punto fundamental del zen: la transmisión de la enseñanza de Buda.

Se habla mucho de ella, pero lo importante es cómo se vuelve real: mediante la actualización de la práctica, aquí y ahora, a través de nuestro cuerpo y nuestro espíritu.

Butsu Butsu, de Buda a Buda.

Es entonces cuando aparece el compañero y el antiguo maestro vuelve a estar presente.

¿Vendrá o no vendrá?, preguntó Nansen.

Vendrá tan pronto como encuentre un compañero.

Realizar nuestra profunda naturaleza de seres despiertos es el símbolo vivo de la transmisión de Buda; es la transmisión encarnada en nuestra práctica de zazen.

En el dojo, en el templo, lo más importante es respetar zazen y todo lo que lo rodea. No debemos perder esto de vista.

Hace unos días se realizó una reunión entre tenzos para armonizar y poner cosas en común, pero veo que se olvidó un tema: los olores.

En este templo la cocina está muy cerca del dojo. Debemos ser conscientes de ello e intentar cocinar sin utilizar demasiadas especias o ingredientes con aromas intensos. No es necesario poner cúrcuma; podemos hacer algo más sencillo.

Debemos tener una visión más amplia de las cosas que hacemos. No debemos perturbar zazen. En este lugar concreto, si la cocina ya debe ser simple, quizá deba serlo todavía más.

A Tozan no le agradó el paternalismo de Nansen. Por eso respondió:

—Gran maestro, no confundas a un hombre libre con un esclavo.

Y se marchó.

Más tarde visitó a Isan, otro reconocido maestro de la época, y le pidió que le explicara una frase de un sutra que afirma que los seres inanimados exponen el Dharma.

Tozan no pudo comprender la intención de Isan y, finalmente, este concluyó la entrevista diciendo:

—La boca que mis padres me dieron jamás podrá explicártelo.

Entonces Tozan partió y continuó su peregrinación hasta el templo de Ungan, donde formuló la misma pregunta:

—¿Quién puede escuchar a los seres inanimados exponer el Dharma?

Ungan respondió:

—La ley proclamada por los seres inanimados solo puede ser escuchada por los seres inanimados.

—¿Y tú, gran maestro, la escuchas? —preguntó Tozan.

Ungan respondió:

—Si yo pudiera escucharla, entonces serías tú quien no podría comprender mi enseñanza.

Tozan contestó:

—Si dices cosas como esas, está claro que no entiendo absolutamente nada de tu enseñanza.

Ungan dijo:

—Si ni siquiera comprendes mi enseñanza, ¿cómo podrías esperar escuchar a los seres inanimados? ¿No comprendes que los ríos, los pájaros y los árboles exponen todos ellos el Dharma?

Entonces Tozan se postró ante su maestro y le ofreció este poema:

¡Maravillosa! La ley expuesta por los seres inanimados es la verdad eterna. Si se intenta escuchar con los oídos, jamás se comprende. Solo escuchando con los ojos podremos conocerla íntimamente.

Ungan le preguntó entonces:

—¿Eres feliz ahora?

Tozan respondió sinceramente:

—No puedo decir que no sea feliz, pero es la felicidad de quien ha encontrado una perla brillante dentro de una taza de excrementos.

—Exactamente eso —respondió Ungan.

Y así fue como Tozan permaneció junto a Ungan durante varios años y dejó de vagar de un lugar a otro.

Años después, Tozan fue a despedirse de su maestro.

Ungan le dijo:

—Después de esta separación será difícil volver a vernos.

Tozan respondió:

—Más bien lo difícil será que no volvamos a encontrarnos. Cuando hayas muerto, ¿qué deberé responder si me preguntan cuál era el verdadero rostro de mi maestro?

Ungan respondió:

—Justamente eso.

Tozan abandonó el templo, pero conservó siempre presente a su maestro.

Un día, mientras cruzaba un puente y veía su reflejo en el agua, comprendió de manera repentina el significado de aquella última enseñanza de Ungan. Lo expresó en un poema que más tarde se convertiría en la base del Hokyo Zanmai:

No lo busquéis en ninguna parte o se os escapará. Ahora camino solo, pero el reencuentro está por todas partes. Aquí y ahora él es yo; aquí y ahora yo no soy él. No puede ser de otra manera. ¿Cómo podría comprenderse, shu shu, el Buda eterno?

Los textos de esta época, las historias y poemas de Tozan, pueden parecer a veces complejos, pero destilan la delicadeza y la expresión de algo que no puede escucharse con los oídos:

shu shu, el Buda eterno.

Mucho tiempo después, Tozan estaba celebrando una ceremonia en honor de su maestro Ungan, ya fallecido. Un monje que lo observaba le preguntó:

—¿Qué enseñanza recibiste de Ungan?

—Estuve a su lado —respondió Tozan— y no recibí ninguna enseñanza.

—Entonces, ¿por qué celebras esta ceremonia?

—¿Por qué habría de darle la espalda? —respondió Tozan—. Agradezco a mi maestro difunto que no me atiborrara de explicaciones.

—¿Estabas de acuerdo con él o no?

—Mitad de acuerdo y mitad en desacuerdo.

—Entonces, ¿por qué no estabas completamente de acuerdo?

—Si hubiera estado completamente de acuerdo —respondió Tozan— le habría faltado al respeto.

Étienne decía que, en la enseñanza justa y en la transmisión del Dharma verdadero, no existe una norma fija que determine qué es verdad y qué no lo es, qué es correcto o incorrecto, exacto o inexacto.

En la transmisión del espíritu de Buda no hay verdad ni falsedad, ni a favor ni en contra, ni partidarios ni enemigos.

Todo eso debe ser olvidado y dejado de lado.

La transmisión es sin separación, sin fronteras, sin dualidad, sin oposición.

La transmisión es sin nada.

Ese es el individuo completo, el maestro completo, el discípulo completo, el Buda completo, no perturbados por nada.

Existe una breve enseñanza que Tozan se dirige a sí mismo:

No busca beneficio ni recompensa, ni gloria ni prosperidad. Vive la vida tal como viene, según las circunstancias. ¿Quién es el maestro cuando la respiración se detiene? Después de la muerte del cuerpo no queda más que un hombre vacío. Cuando la ropa se rasgue, arréglala una y otra vez. Y si no tienes comida, trabaja para conseguirla.

El sonido de la verdad eterna, la ley expuesta por los seres inanimados, no puede escucharse con los oídos. Nunca podremos comprenderla de esa manera.

La conocemos íntimamente.

Zazen es el camino que nos conduce, instante tras instante, a esa intimidad.

Por eso es tan importante preservarlo, actualizarlo y practicarlo.

Todos los budas del pasado, del presente y del futuro vendrán tan pronto como hayan encontrado un compañero. 

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