“Apagar la sed”
Kusen (enseñanza durante zazen) por Pere Taiho Secorún

La segunda noble verdad que Buda menciona es la sed, es decir, el apego continuo, la avidez. Es debido a ello que surge el sufrimiento.
En nuestra tradición, cuando Dogen, por ejemplo, habla de que zazen es simplemente sentarse, está mostrando un camino para cortar de raíz esa avidez, esa sed continua, esa inquietud constante. Esto es algo totalmente radical y, para muchas personas, difícil de comprender. Quienes practicamos la Vía debemos reflexionar sobre lo que significan esta sed, esta avidez y esta inquietud permanente.
Hoy en día existe lo que se llama “meditación” por todas partes. En los gimnasios municipales hacen un poco de meditación, todas las corrientes terapéuticas y psicológicas practican meditación, los centros comunitarios del barrio ofrecen meditación. Hace treinta y cinco años, cuando comenzamos a practicar zazen, prácticamente nadie meditaba.
Es importante contemplar todo esto como un espejo de nosotros mismos. La gente dice que la meditación es muy buena para esto o para aquello, para el estrés, por ejemplo, y practica meditación, pero continúa con esa sed, esa inquietud, esa avidez por querer ser, por querer poseer, por querer manipular la vida y nuestro sufrimiento. La meditación se convierte entonces también en un intento inútil de apagar la sed.
Cuando en el zen se dice que esta práctica es simplemente sentarse, o cuando se afirma que es una práctica en la que debemos abandonar el cuerpo y el espíritu, se está dirigiendo la mirada hacia otro lugar: más allá de nuestras inquietudes, más allá de nuestras proyecciones, más allá de nuestra sed. Cuando se dice precisamente que debemos abandonar todo eso, significa simplemente sentarse y ser, vivir y ser.
Lo cierto es que hoy, muy a menudo, las personas van de una meditación a otra siguiendo ese proceso habitual que siempre nos empuja hacia afuera, en busca de algo que pueda satisfacer y calmar esta sed irrefrenable. Sin embargo, la práctica del zen consiste simplemente en detenerse y dirigir la mirada hacia lo más profundo de nosotros mismos.
Abandonar el cuerpo y el espíritu significa cortar en un instante la inquietud, la avidez y la sed; significa simplemente permanecer en paz en el momento presente, sea lo que sea lo que aparezca. No hace falta rechazarlo si no nos gusta, ni alimentarlo si resulta agradable.
Existe una avidez por vivir, una sed de vivir, y los seres humanos la sentimos constantemente desde que nacemos. Buda dice que cuando esta sed desaparece, aparece la paz: eso es el nirvana. No podemos hablar mucho acerca de ello, pero es el camino que enseña el zen; es una experiencia.
Sea cual sea el punto de observación o de atención del que se habla en nuestra práctica, significa ser capaces de observar esta sed, esta inquietud. Las personas solemos actuar automáticamente de acuerdo con esa sed, prácticamente sin ser conscientes de ello, impulsados por ella.
Esta sed es la que nos pide buscar resultados en zazen, la que proyecta cómo debería ser nuestra meditación, la que establece expectativas, la que no deja de comparar y siempre espera resultados. Cuando la realidad no corresponde a lo que pensamos, nos sentimos decepcionados; somos incapaces de ver la realidad tal como es y de vivir el momento tal como se presenta.
Observamos las expectativas, pero no observamos aquello que las provoca: la sed, la sed inagotable. Si queremos comprender lo que sucede, debemos intimar con esa sed. Si realmente queremos transformarla en paz, debemos mirarla de frente.
Después, si realmente queremos practicar zazen, debemos hacer el esfuerzo de seguir el camino señalado por los antiguos, aunque a veces no lo comprendamos. Cuando Dogen dice que zazen es simplemente sentarse, está expresando una verdad profunda y grandiosa. En ese sentarse está todo, no falta nada. La profundidad de nuestro ser puede manifestarse aquí y ahora.
No es necesario salir a buscar baratijas cuando ya poseemos la joya preciosa, la perla brillante, en nosotros mismos.
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